Olga Chávez
Olga Chávez
Mi vida en Estados Unidos
Dedico esta crónica muy atentamente
a toda persona que llegue a leer mi historia,
en especial a mis hijos, para que nunca olviden
lo que su madre se ha esforzado por sacarlos adelante.
Cuando tenía veintitrés años, en 1984, me atreví a cruzar la frontera para trabajar en el campo. Empecé en La Unión, Nuevo México en limpias de pisca y desaijes. Me pagaban 15 ó 20 dólares al día por diez horas de trabajo. Ahí estuve un año, después me fui a Fresno, California. En mi primer día de trabajo tomé un camión a las 3:15 de la mañana que me llevó al campo. Nunca había piscado uva y estaba nerviosa. A las 4:45 llegué al campo de cosecha. Nos dieron un cuchillo, una bandeja redonda de plástico y un rollo de papel como de quinientas hojas. Cada hoja medía una yarda cuadrada. Teníamos que llenar la bandeja con veinte ó treinta libras de racimos de uvas para luego vaciarlas en el papel. De bandeja en bandeja extendíamos estas hojas y encima la uva para que se secara. A este trabajo lo llamamos la uva de tabla. En total ese día llené trescientas tablas. Nos pagaba quince centavos por cada una. Al siguiente día llené trescientas cincuenta, luego con la práctica llegué a cuatrocientas y luego seiscientas cincuenta tablas. Me tenía que apurar porque mantenía dos hijos y le mandaba dinero a mi mamá a Zacatecas. Además tenía los gastos de renta, comida y lo que le pagaba a quien cuidaba a mis hijos.
La pisca de la uva es un trabajo muy duro y peligroso por la gran cantidad de insecticidas que les rocían a las plantas para combatir las plagas. Yo me di cuenta de que muchas personas tenían cáncer en el pulmón porque habían absorbido parte del veneno que estaba en las plantas. Afortunadamente, parece que a mí todavía no me ha afectado, pero no descarto el riesgo ya que trabajé quince años recolectando uva.
Otro de los trabajos que hice fue en Washington D.C. en la pisca de manzana. Llegamos un día 26 de Septiembre y al día siguiente empezamos. Uno de inmigrante trabaja a donde lo llevan. Ahí siquiera nos dieron una traila para vivir, no como en California que llegué a dormir hasta en los fields o debajo de los puentes. Dentro de la traila vivíamos 3 familias, todos con hijos pequeños que las personas de mayor edad cuidaban. El trabajo en Washington D.C. era muy pesado para una mujer como yo pues teníamos que cargar una escalera de dieciséis pies y una de ocho. Trabajábamos en parejas para alcanzar las manzanas. Yo cortaba las más bajas y mi compañero las altas y las echábamos en unas bolsas que nos colgábamos en los hombros. La bolsa nos quedaba al frente y teníamos que bajar con ella colgando por la escalera. Todavía sueño que me voy a caer con todo y bolsa. Llenábamos cajones grandísimos como de mil quinientas libras y nos pagaban la miseria de 10 dólares por cajón, cinco a mí y cinco a mi compañero. Terminábamos a las seis de la tarde. Las manos nos dolían porque había que agarrar la fruta con la yema de los dedos sin apretarla para evitar que se manchara o se lastimara. A veces, bajábamos y subíamos corriendo las escaleras, entonces llenábamos hasta quince cajones. Terminábamos muertos y aún me faltaba recoger a los niños, bañarlos, darles de cenar y acostarlos a dormir para el siguiente día volver a empezar la misma rutina.
Al terminar la pisca de manzana nos regresábamos a California, descansaba unas cuantas semanas para cuidar a mis hijos y luego empezaba a trabajar en la poda de viña. Este trabajo consistía en quitar con unas tijeras especiales las ramas más viejas, dejando sólo tres ó cuatro de cada lado de la viña. Estas ramas van amarradas en un alambre a través de la línea de viñas. Esas son las viñas que dan la uva que llega a los mercados y luego a nuestras mesas.
Otro de mis trabajos fue la pisca de chile, que de todas las actividades que he hecho es la que más me ha gustado, y hasta la fecha sigo realizando año con año. Del chile el que se cosecha primero es el jalapeño. Éste se pisca con botes de veinte libras, por cada uno nos dan 85 centavos, aunque a veces nos lo pagan a dólar. Después se cosecha el chile California, ese lo pagan a 65 centavos por bote, pero rinde un poco más que le jalapeño. Por último, el chile colorado seco que pagan a sólo 50 centavos ya que es más liviano y llegamos a hacer hasta cien botes al día.
A pesar de haber trabajado por cerca de veinte años en este país sin haber cometido ningún delito, y de que el trabajo es muy duro, aún no he obtenido mi residencia legal. Espero en Dios algún día poder lograrlo.
Olga Chávez
Es originaria de Fresnillo, Zacatecas. Obtuvo su certificado de preparatoria gracias al Programa de Educación para Adultos de El Paso Community College. Sigue luchando por sacar adelante a sus hijos. En 2010 obtuvo sus papeles para residir legalmente en Estados Unidos.
Este escrito se publicó en el Primer Volumen de la serie Memorias del Silencio: Footprints of the Borderland © BorderSenses 2005, 2006, 2007.
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